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Alemania se revoluciona con Gnabry

El delantero del Bayern, de 23 años, destroza el plan de Holanda en un partido que sirve para medir la regeneración de Löw tras la larga crisis que sucedió al Mundial

Cuando el viejo fútbol ofrece una maravilla no hacen falta intérpretes que anuncien apariciones deslumbrantes. Ocurrió en Amsterdam este domingo. Desde el primer minuto del partido que enfrentó a Holanda y Alemania por la clasificación de la Euro, a la multitud se le hizo evidente que algo muy concreto en el equipo visitante descuadraba al local. Un moreno de estatura media que siempre aparecía en los espacios vacíos para tocar y moverse, como si cumpliese con el tránsito doméstico que conecta el salón con la cocina. No es nada fácil estar constantemente desmarcado. Mucho menos ante una defensa de categoría. Pero el hombre en cuestión acudía exactamente al punto indicado y devolvía las pelotas con precisión, añadiendo claridad a cada acción. Se trataba del joven Serge Gnabry, de 23 años, hijo de padre marfileño y madre alemana. A la media hora de partido Holanda estaba aturdida y la revolución de la Mannschaft se plasmaba en la figura de Gnabry.

La eliminación del Mundial de Rusia en la primera fase desencadenó una larga catarsis en la federación alemana. La última medida tajante fue la remoción de Müller, Boateng y Hummels, tres pilares del equipo que levantó la Copa del Mundo en 1994. La prueba del domingo sirvió para medir consecuencias. A primera vista, parecen evidentes. En defensa la baja de Boateng es irrelevante, y ni Sule ni Ginter sustituyen el mando categórico de Hummels. En ataque Gnarby tiene poco que envidiar a Müller.

Koeman planteó el partido desde el baluarte de su pareja de centrales. Van Dijk y De Ligt han adquirido en los últimos meses la fama que se atribuye a las mejores sociedades defensivas del mundo. Por delante, vértice de todas las jugadas, se situó De Jong, prácticamente la única bisagra de un equipo que salió a afirmarse en su campo y bombear balones largos a la búsqueda de la velocidad de sus numerosos velocistas. La idea tenía una base lógica: contra la impresión de poderío físico, Rudiger, Sule y Ginter, los tres centrales alemanes, tiemblan en el cuerpo a cuerpo. Cuanto más se retrasan, más sufren. Ahí estuvo la clave. Durante la primera parte, Alemania alejó el peligro llevando el partido al campo holandés.

Ante la presión sostenida en su contra, a Holanda no le quedó más salida que el pelotazo de Van Dijk. Las superioridades que generaban Kroos, Kimmich, Goretzka, Sané y Gnarby en el mediocampo no ofrecían respiro a sus oponentes, muy poco flexibles con la pelota. De Jong no encontró complicidades ni en Wijnaldun ni en De Roon, casi siempre fuera de la línea de pase. A diferencia de los atacantes holandeses, pendientes de la reacción del melancólico Depay, los alemanes manejaron mejor los tiempos desde la posesión. Un toque de Gnarby, que bajó al medio para distraer, un pase de zurda de Kroos, la ruptura de Schulz por la izquierda y el quiebro de Sané a De Ligt —la joven promesa acabó de culo en la hierba— anticipó el 0-1.

Pasada la media hora, Rudiger lanzó en largo y Gnarby desapareció del rádar de Van Dijk. Cuando reapareció tenía la pelota y estaba metido en el área. El soberbio capitán oranje le ofreció la salida interior y el muchacho le hizo los honores enviando el tiro a la escuadra más lejana. Fue el quinto gol del delantero del Bayern en los últimos seis partidos que disputa con la selección. Un gol que por sí solo le eleva de categoría.

Holanda apenas se sobrepuso a la barrida en la segunda parte. Lo hizo con mucho empuje, con largos cambios de frente y corridas de Promes por la banda izquierda. A la salida de un córner, De Ligt se redimió cabeceando un centro ante los turbados centrales alemanes. Nada como una acción a balón parado para desmantelar a esta gente. Diez minutos más tarde, Depay, con la ayuda de Wijnaldun, atrapó un centro de Promes en medio del desconcierto de Sule y Ginter, rígidos y atormentados cada vez que se metían en la caja. El delantero del Lyón envió la pelota a la red y la hinchada celebró la remontada por la vía del coraje. Holanda se rebeló. Pero el buen juego fue cosa de Alemania.

La entrada de Reus por Gnarby y de Gundogan por Goretzka supuso un movimiento táctico que muy pocos equipos pueden permitirse. Las reservas alemanas superan ampliamente las de la mayoría, incluida Holanda. El impacto resultó natural. Entre Reus y Gundogan le fabricaron el 2-3 a Schulz y el marcador se ajustó al juego ofrecido. La nueva Alemania comienza con estruendo.

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